CRÓNICA

La dehesa parda de la sierra

Paisaje de otoño en la Feria de Ganado de Cantalojas, entre el verde de los brezos y praderas con vacas
Las magdalenas del panadero de Condemios son un alivio matutino, pero no el único. Hay que hacer lumbre o probar un torreznillo para sacudirse la modorra. Para llegar a Cantalojas, desde Guadalajara pasando por Cogolludo y Galve, es necesario desviarse por una estrecha carretera después de atravesar el pírrico puente de Valdillón. Para Antonio Herrera, “es un ejemplar típico de población serrana de este ramal oriental de la Somosierra”. Pedro Aguilar escribe que “es un pueblo señor y altivo” en el que “los perros son altos y fuertes como terneros”.
Nueva Alcarria, 13.10.06
Raúl Conde

Por las praderas de la dehesa del contorno pastan varios centenares de vacas. El caserío se yergue cerca del nacimiento del Jaramilla y al pie de las primeras cumbres de los montes de Riaza, próximo al famoso río Lillas, que es un pequeño y místico riachuelo lleno de encanto. El Hayedo de Tejera Negra (1.391 hectáreas), el más meridional de Europa, emerge en la sierra del Ocejón como una reserva natural y espiritual que condensa todo el sentir de la vida del campo: tranquilidad y sobriedad. El verde de los brezos y las jaras se mezcla en Cantalojas con el tono plomizo de esta matinal de otoño.

Pueblo ganadero

Conviene subrayar que este lugar ha sido uno de los pocos pueblos de la Transierra que han resistido algo las envestidas migratorias. El azote de la despoblación fue amortiguado, parcialmente, con la construcción de casas de segunda residencia repletas de madrileños. Un anciano, creemos que el tío Bernardo, sale al paso del viajero:

– No crean, esto engaña mucho. Cantalojas aún conserva algo de “vidilla”, aunque sea invierno, pero quedan pocos críos, casi todos somos viejos, como yo.

Según explica este señor, la mayoría de los habitantes del pueblo son jubilados, pero siempre han vivido del ganado. El más conocido es Julián Arenas, presidente de la asociación de ganaderos de la sierra norte. Pero no es el único. Cantalojas tiene un hostal, dos bares, una casa rural y una tienda autoservicio abierta desde hace un par de años, que además dispone de alojamiento. Es difícil abrir un negocio en cualquiera de los pueblos apartados de la sierra, pero sobrevivir resulta ya una hazaña con pocos precedentes de éxito.

Los campos cantalojeños son adustos, pero hermosos, tal como dijo Unamuno de “estas trágicas tierras castellanas”. Son campos propicios para un pasto rico y sano, reposados bajo el manto grisáceo de los días tristes de Castilla. Las vacas, cuerdas todas (al menos hasta que se demuestra lo contrario), son en esta plaza una enseña que enorgullece a sus lugareños. Y, junto a las casas rurales y demás inventos de nueva generación, se han convertido en los pilares necesarios para el futuro del municipio.

Chalaneo

Las orondas reses, desde hace medio siglo, se vienen exhibiendo en los lotes de la Feria de Ganado local, que siempre cae para el día del Pilar. Al parecer, una feria beneficiosa en lo económico y en lo turístico, puesto que se ha transformado en un reclamo de indudable interés para el visitante y el feriante. Lógicamente debemos al éxodo rural y a la pérdida de influencia de los ganaderos el “mérito” de que una de las ferias que mayor actividad comercial generaba, se haya convertido hoy en una fiesta (con dulzainas, gaitas y calderetas) de exaltación del ganado vacuno. Pese a todo, y como reliquia de un tiempo caduco, aún se conserva por estos lares la costumbre del chalaneo. Esto es, la venta y compra de vacas al más puro estilo tradicional.

-Buenas hechuras tiene el animal…

-Treinta arrobas todas de pasto y grano. Aquí no hay maldad, lo que se come lo dan la tierra y el agua.

Y así, entre conversación de paisanos, uno de ellos acaba aceptando el trato. “Un apretón de manos, un fajo de billetes que cambia de bolsillo y a otra cosa”. Desde hace ya varios años, además del comercio de ganado, la feria tiene exhibiciones cetreras, puestos de venta de carne de la zona y productos típicos y el sonido inconfundible de esta tierra: la dulzaina y el tambor que en este caso viene de la mano de Antonio Garrido, los dos, padre e hijo, que son de Cantalojas y amantes de la gaita castellana.

Lumbres eternas

El valle en el que reposa el pueblo de Cantalojas es llano, plano como el oscuro pinar que se advierte al fondo, y como el terreno sobre el que permanece impertérrito. En el cerro del castillo, mejor dicho, de los restos del castillo que el Fuero de Atienza (s. XII) cita con el nombre de “Diempures”, aparecen las ruinas de esta fortaleza que la tradición en el pueblo ha querido atribuir “a los moros”. La Historia dice que este castillo fue primero castro ibero y posteriormente se utilizó como torre vigía y como minúsculo reducto militar. Además, antaño marcaba el límite entre los Comunes de Villa y Tierra de Sepúlveda, Ayllón y Atienza, sin olvidar el pequeño condado o señorío, con jurisdicción propia, de Galve de Sorbe. Hoy, como es lógico, los tiempos han cambiado, a veces para mejor, a veces para peor. Lástima que este castillejo no se haya beneficiado de ese supuesto progreso.

En la ínfima carretera que bordea los prados circundantes sobresalen algunas lajas de pizarra negra, acaso últimos tesoros de un tipo de arquitectura que prodigó a no muchas leguas de aquí. Sin embargo, el paisaje se presenta pardo y rojizo. José Luis Sampedro tiene escrito que octubre “es otoño, color violeta, niebla sobre un estanque y nostalgia”. Y el pueblo entusiasma. Lleno de pequeñas pero encantadoras veguillas, de abuelos con memoria, de tabernas en las que sirven vino peleón. Cantalojas, en el friso provincial, rayano con las tierras castizas de Segovia, es la viva imagen de la Guadalajara rural. La de los caminos sin fin, las casonas de piedra y las lumbres eternas.