La Garlopa Diaria

6 marzo 2008

Los rótulos


Es posible que casi todos los asuntos de la esfera pública puedan ser objeto de ataques por parte de los partidos políticos. Casi todos, pero no todos. Uno de los que creo que deberían estar apartados de ese fango electoralista es la lengua, y todo lo que acarrea.

El lunes pasado, los candidatos del PSOE y del PP (especialmente el del PP) no dudaron en utilizar la lengua para echarse en cara lo mucho que se habla catalán en Cataluña, que es un poco el fondo del asunto de lo que se debatía. Rajoy pintó una Cataluña yugoslava donde se impone, por los santos reales de los decretos oficiales, la lengua de Ramon Llull. Y a Zapatero no se le ocurrió otra cosa, para rebatir tan falaz argumento, que recordarle los pasajes donde los dirigentes del PP hablaban catalán en la intimidad. Este es el panorama desalentador, cutre y mediocre que tenemos que aguantar en la clase política española. «Mediocre», por cierto, es el calificativo que Financial Times dedicaba en su editorial de hace dos días tanto a Zapatero como a Rajoy.

La excusa sacada de la manga esta vez para enfrentar a catalanes y españoles fue las sanciones por no rotular en catalán en los comercios. No suelo estar de acuerdo con sus postulados, por ultraliberales y algo arrogantes, pero esta vez tengo que dar toda la razón al economista Xavier Sala i Martín, que en un artículo en La Vanguardia de ayer escribía: «El PP no entiende que Catalunya tiene una cultura, una lengua y unas costumbres distintas. O quizá sí lo entiende, pero ha descubierto que atacar a Catalunya y a su cultura le es políticamente rentable y eso es lo que ha hecho en los últimos años. La historia alemana del siglo XX demuestra, sin embargo, que el coste de esa irresponsable estrategia es elevado en términos de convivencia».

Cuando el PP azuza el derecho de los padres a escoger libremente la lengua en las escuelas públicas no explica por qué ese derecho no existe en ningún otro país del mundo. Un sueco no va a Alemania y puede escolarizar a su hijo en sueco. Ni viceversa. Ni un árabe en Madrid, como recordaba también Sala i Martín. Claro, para el PP esto es diferente porque Catalunya es España, pero es que España no es Francia, ni Alemania, ni Italia. Tenemos una historia propia y un país con unas características muy especiales. Y creo que si no aprendemos a entenderla de forma integradora, y no excluyente (por todas las partes implicadas), acabaremos muy mal.

Sobre el tema de las sanciones por los rótulos, copio aquí un extracto del artículo que ayer publicó El País, y que me parece muy esclarecedor: «En Cataluña no se multa a ninguna empresa por rotular en castellano, sino por no hacerlo, al menos, en catalán. No hay conflicto con las rotulaciones bilingües pero, si la información (que no la marca comercial) aparece en un sólo idioma, éste sí debe ser el catalán. Es lo que establece la ley de Política Lingüística de 1998. Los efectos de las leyes varían en función de quién las aplica. Cuando Consumo dependía de Esquerra, la inspección se disparó (véase cuadro). (…) Cuando pasó a departamentos del PSC (Trabajo o Economía) «se optó más por convencer que por sancionar». También influye que la aplicación de la ley fue gradual y las sanciones empezaron en 2003. Las multas leves, que son las que se aplican, según Consumo, pueden sumar un tope de 3.000 euros».

Y por cierto, conviene no tergiversar las informaciones. El diario ABC llevaba ayer a su portada algo que no es cierto. Titulaba en un billete: «Horas después de ser citado en TV, el empresario multado por no rotular en catalán sufre la venganza nacionalista». No es verdad. Ojo con los extremos de las palabras. Venganza es los que sufren los comerciantes de Euskadi que le plantan cara a los ‘abertzales’. Lo que sufrió este empresario catalán fue unas cuantas pegatinas favorables a la independencia en el letrero de la discordia. Nada que no ocurra en otros comercios del Estado, a lo mejor no por seguidores independentistas, pero sí por otras causas que llenan de pegatinas y de graffitis los locales de nuestras calles. Pero obsérvese que el efecto en algunos medios siempre es el mismo: presentar a Cataluña como una excepción peligrosa para la sacrosanta unidad. Ya sea por España o por unas pegatinas.