La España que abandonamos

No había leído hasta ahora este libro, La España que abandonamos, que firma Denis Escudero, compañero del programa ‘Aquí la tierra’, de TVE. Aunque le sobra más de un centenar de páginas -se repiten ideas y entrecomillados en los pueblos que recorre-, es un interesante gran reportaje a través de ocho enclaves que están en trance de despoblación o que ya han sucumbido: Trevejo (Cáceres), Portalrubio de Guadamejud (Cuenca), La Estrella (Teruel), Jánovas (Huesca), Castillonuevo (Navarra), Villarroya (La Rioja), Valtarejos (Soria) y Jaramillo Quemado (Burgos).

Cada pueblo es un capítulo del libro. Los testimonios de los parroquianos que aún quedan, como vecinos o como veraneantes, en estos lugares ofrecen un relato muy preciso de esa mezcla de sentimientos que se aprecian en los pueblos más pequeños. Por un lado, la tristeza por un declive inevitable. Por otro, el sosiego de la calidad de vida en el campo, un estilo de vida duro pero sencillo, la felicidad de la tierra. Se agradece, además, que el autor huya de estereotipos y, sobre todo, del estilo lacrimógeno con el que habitualmente se abordan los problemas del medio rural en los medios de comunicación.

Dubravka Ugrešić, memoria de la atrocidad en Europa

«Sobre el general Ratko Mladić, criminal de guerra, que durante meses aniquiló Sarajevo desde los montes cercanos, se cuenta que una vez tuvo en su punto de mira la casa de un conocido suyo. La historia sigue: entonces, el general telefoneó a su conocido informándolo de que le concedía cinco minutos para recoger sus «álbumes», porque precisamente, dijo, tenía la intención de volarle la casa por los aires. Diciendo «álbumes» el general pensó en los libros de las fotografías familiares. El criminal, que durante meses estuvo destruyendo la ciudad, las bibliotecas, los monumentos, las iglesias, las calles y los puentes, sabía que estaba destruyendo la memoria. Por eso le regaló «magnánimamente» a su conocido una vida con derecho a la memoria. Una vida desnuda y algunas fotografías familiares».

Es un extracto de El Museo de la Rendición Incondicional (Impedimenta) que compré el año pasado en La Puerta de Tannhauser, una estupenda librería de Plasencia. El libro es de Dubravka Ugrešić, fallecida ayer en Amsterdam a los 74 años de edad.

En 1991, cuando estalló la guerra de los Balcanes, adoptó una posición antibelicista. Dos años después tuvo que exiliarse de Croacia, su país, tras ser perseguida por el ultranacionalismo croata y serbio. Sin algunos de sus libros, como El ministerio del dolor, sería mucho más difícil concebir el relato de la desintegración de la extinta Yugoslavia. La gran herida de Europa -hasta desatarse el conflicto en Ucrania- desde 1945.

Ahora que en suelo europeo vuelve a atronar la crueldad, la criminalidad y la estupidez de la guerra, probablemente, se hace más necesario que nunca detenerse en voces como la de Dubravka Ugrešić. Nadie como ella ha explicado la importancia de conservar la memoria de la atrocidad. «Los refugiados -escribió- se dividen en dos clases: aquellos con fotografías y aquellos sin ellas». Léanla. Sus textos son una vacuna frente al fanatismo y la intolerancia.

La ironía de Calvo-Sotelo

Hay cosas que nunca creeríais. Por ejemplo, que esta especie de memorias de quien fue el presidente del Gobierno que menos duró en el cargo, y no por ello el menos relevante, no sólo son un ejercicio de contención (apenas 280 páginas), sino que están plagadas de un humor que, francamente, nunca hubiera asociado a la figura de Calvo-Sotelo. Y cuando digo humor es humor. Párrafos enteros hilarantes, anotaciones personales cargadas de una ironía reveladora y un compendio de anécdotas que dan idea de algunos de los personajes de la Transición. Guerra y Fraga salen retratados con mucha gracia, o sea, acidez. Se guarda muchas cosas, no explica las consecuencias de algunas de las importantes decisiones que tomó bajo su mandato (especialmente, el ingreso en la OTAN y la LOAPA) y minusvalora los efectos del 23-F (que tuvo lugar durante su investidura). Pero vale mucho la pena leer el relato que hace de la descomposición de UCD (y de la psique de Suárez) y de las negociaciones para la adhesión de España a la entonces comunidad económica europea. Insisto: se pasa un rato muy divertido.

Emmanuel Macron, presidente de la República francesa, en Barcelona (19/01/2023):

«Yo formo parte de la gente que piensa que la extrema derecha no es lo mismo que los demás. Es el nacionalismo, el odio al otro. Yo soy patriota, pero para ser patriota francés no necesito hacer la guerra a Alemania o a España. La extrema derecha quiere cambiar el Estado de derecho, controlar la justicia, atacar la libertad de los periodistas, y tiene relación con la xenofobia. Normalizar a la extrema derecha no da buenos resultados. No creo que se pueda transigir”.

Cinco años sin Chacón

He terminado de leer hace unos días la biografía de Carme Chacón escrita por la periodista Joana Bonet. Es un repaso prolijo a la trayectoria personal y política de alguien que no terminó nunca de encontrar obstáculos por ser mujer, catalana y de izquierda. Su testimonio da prueba de la penetración del PSC en amplias capas de la sociedad catalana y también de las dificultades para abrirse camino en lo más alto de la política y de las instituciones cuando eres una mujer. No digamos ya cuando eres una mujer embarazada. Sus padres vivieron en L’Hospitalet y ella empezó a hacer carrera política en Esplugues. Llevó al socialismo catalán a su cima electoral en 2008 y luego rompió moldes en Defensa, moldes personales e ideológicos ajenos al sectarismo pero también a prejuicios. Hoy se cumplen 5 años desde la muerte súbita de Chacón. «Si decimos izquierda, hacemos izquierda». Fue su idea fuerza en el Congreso del PSOE que perdió frente a Rubalcaba, un gigante político que no sale demasiado bien parado en el libro. Ninguno de los dos está ya presente y es justo recordar a dos figuras irrepetibles, dos personalidades de alto voltaje. Chacón, socialista, catalanista, española sin ataduras, feminista, europeísta, atlantista, bien pudo haber sido la primera mujer presidenta del Gobierno.

Manu Leguineche

Los queridos camaradas de Javier Reverte

EL MUNDO

En junio de 2009, el primer día que traspasé la puerta de la sede de EL MUNDO, un colega veterano me dijo: “No te hagas ilusiones, por muy bien que lo hagas, durarás uno o dos meses. Más, imposible”. Han pasado 12 años, y qué años, y aquí seguimos. Mejor dicho, aquí seguíamos. Ayer domingo fue mi último día en un periódico que ha sido y espero que siga siendo mi casa en el futuro. Lo dejo voluntariamente después de una larga etapa en Unidad Editorial en la que he tenido la oportunidad de escribir para distintas cabeceras de este grupo y trabajar en varias secciones. La última, Opinión. Ahora me incorporo como asesor en el gabinete del Ministerio de Política Territorial. Una experiencia profesional nueva y diametralmente opuesta a lo que venía haciendo.

Mi escuela en este oficio es la de Leguineche. Y Manu me enseñó que el periodista nunca debe ser protagonista. Hay que huir de la primera persona, por mucho que ahora esté en boga cultivarla, para soslayar la vanidad o la autocomplacencia. De modo que perpetro estas líneas irrelevantes solo a modo de subterfugio para despedirme de la Redacción y de todos los compañeros (con algunos lo he podido hacer por persona o por otros medios durante los últimos días), y también para agradecer la confianza demostrada por los diferentes responsables del periódico durante todo este tiempo.

Concepción Arenal sostenía que “no son los hechos una cosa tan fácil de ver como se cree”. Precisamente por eso merece la pena seguir ejerciendo el periodismo. Ha sido un placer hacerlo en EL MUNDO al lado de tantos profesionales excelentes.

* * *

[Buscador de mis artículos y reportajes publicados en EL MUNDO, excepto los editoriales y las columnas de opinión]. Raúl Conde | Buscador | ELMUNDO.es

Foto de la estupenda serie que hizo el gran Alberto Di Lolli para el 30 aniversario de EL MUNDO, en 2019.

‘Detendrán mi río’, de Virginia Mendoza

Ahora que el Ebro ha saltado al primer plano por las crecidas en su curso medio (repito para perforantes que insisten con la aberración del trasvase derogado: en su curso medio, no en la desembocadura) recomiendo este estupendo y emotivo libro de Virginia Mendoza: Detendrán mi río (Libros del KO).

Virginia es una manchega que vive en Zaragoza y que se ha pateado los pueblos del Cáucaso como especialista de antropología social. Forma parte de la generación literaria que ha puesto el foco en el declive demográfico y cultural del medio rural en España. El libro que traigo aquí es una crónica de la desaparición de la huerta de Cauvaca por la construcción de varios embalses en la zona de Caspe, Zaragoza. Pero, en realidad, es mucho más que eso. Las vivencias personales recopiladas en este lugar sirven de hilo conductor para trazar una crónica del desgarro producido en cientos de comarcas españolas como consecuencia de una planificación hidrológica que priorizaba atender la demanda de las grandes ciudades en materia de energía hidroeléctrica frente a la conservación de pueblos, paisajes, costumbres y, en definitiva, de todos aquellos aspectos etnográficos que dan sentido a la cultura rural. Su idea era hacer una segunda parte de Quién te cerrará los ojos (un libro deslumbrante), pero orientada a los pueblos sumergidos de España. Lo que le convenció para centrarse en Caspe fue el testimonio de Mercedes Sanz. A través del mismo hilvana todas las historias que relata en este volumen, amplificadas en el mapa-reportaje elaborado por la propia autora y disponible a través de un código QR. Detendrán mi río es un proyecto vivo que tiene continuidad en la página web detendranmirio.com

España es el país de la UE con más grandes presas y el quinto del mundo. Alrededor de 500 pueblos e incontables núcleos habitados –como la huerta que protagoniza el libro- fueron engullidos por el agua. Son cifras que aporta la autora aunque no existe una estadística oficial porque al Estado nunca le ha interesado llevar la cuenta. Pedro Arrojo, veterano del conservacionismo, ha calificado esta salvaje política de “hidrocausto silencioso”. Comenzó ejecutándose en aras del regeneracionismo y la necesidad de reformar las infraestructuras agrarias de abastecimiento y terminó siendo explotada como un fin lucrativo de banqueros como March y buena parte de la oligarquía franquista. Oligarquía, por cierto, cuyos descendientes se sientan hoy en los consejos de administración de los gigantes eléctricos que han convertido el precio de la luz en un privilegio de clase. Pero esa es otra historia.

En este caso, es interesante subrayar el impacto que tuvo todo esto a la hora de acelerar el abandono de las áreas rurales. “Nadie quiere llamar ruina a la que fue su casa. Nadie ve escombros, barro, decrepitud en los lugares en los que creció”, escribe Virginia sobre los supervivientes que tuvieron que cargar con la losa de ver su patria chica laminada. Lo dice para reflejar la importancia del agua en la vertebración de la cultura aragonesa, pero puede extrapolarse al conjunto de las dos mesetas y buena parte de la cornisa cantábrica. La vorágine hidráulica llevó a levantar proyectos faraónicos. Toneladas de hormigón taparon expropiaciones forzosas, a veces violentas, y el ocaso de caseríos enteros, de valles y de modos de vida. Este libro constituye un estallido de memoria a partir del desarraigo provocado por las pérdidas sufridas por tantos vecinos de pueblos que ya han desaparecido de la geografía, pero también por la llegada de pantaneros, esto es, los trabajadores que se desplazaban hasta estos lugares –Caspe, Mequinenza, Flix, etc.- para ser empleados en la construcción de grandes embalses. Son lo que la autora llama con toda razón los “hijos de la ENHER”, la Empresa Nacional Hidroeléctrica del Ribagorzana, con sede en Barcelona. Porque el devoro del campo tuvo responsables y también beneficiarios, y conviene señalarlos con nombres y apellidos.

Abusar del victimismo puede conducir a la melancolía, pero negar que subyacen causas políticas en la despoblación que exceden a la pura tendencia de los movimientos migratorios supone un acto de ignorancia imperdonable por parte de determinados autores que se empeñan en considerar el éxodo rural un hecho inexorable. La investigación de Virginia demuestra qué pasó en realidad: pueblos anegados, huertas arrasadas, cultivos destrozados, familias desplazadas y expulsadas de sus lugares de residencia. El franquismo hizo desaparecer un mundo para hacer emerger otro diferente. Entre las causas figura una política del hormigón que aún hoy algunos se empeñan en reivindicar, y me remito de nuevo a quienes aprovechan las riadas en Navarra, La Rioja y Aragón en pleno 2021 y con la crisis climática desbocada para resucitar la quimera del trasvase del Ebro, que Dios lo tenga en su gloria.

Hay en Detendrán mi río un esfuerzo notable por cultivar el periodismo narrativo y también por recoger el léxico del terruño: almud, pontón, cierzo, pernera, zoqueta, tinaja, medieros, esguaz, espuertas, matancía, tajuela, llosa, sosa, desgallarofando, filandón, fiadeiro, trasnocho, carburero, latencia, dalle, bacía, cedazo, picarazas, picapuercos, feraz, zahorí, ataguías, barreno, meandro, galacho. Los libros de Virginia Mendoza dan fe de la pérdida irreparable que acarrea la extinción de la cultura rural.

La vuelta del Emérito

El fiscal suizo no ha podido demostrar el origen ilícito de los 65 millones que Juan Carlos I le transfirió a su amante. Sin embargo, ha quedado probado que testaferros cobraron este dinero -presuntamente, procedente de comisiones ilegales por la obra del AVE a La Meca-, que el Rey Emérito ha manejado mucho dinero oculto en paraísos fiscales, que usó medios del Estado con fines particulares, que defraudó reiteradamente a la Hacienda pública española -tal como prueban sus regularizaciones fiscales-, que se dedicaba a una vida a todo trapo mientras aparentaba dedicación exclusiva en la Jefatura del Estado, que el CNI (o sea, el Estado) trabajó para callar a Corinna Larsen, que fue perceptor de cohechos sin la transparencia debida en una democracia y que los sucesivos presidentes del Gobierno -excepto Sánchez- miraron para otro lado pese a ser conocedores de las irregularidades de una persona que aún conserva el tratamiento de Rey.

No hay institución que resista la corrupción y los excesos de Juan Carlos I. Si tuvieran la ocurrencia de aceptar su vuelta a España, el principal perjudicado sería Felipe VI. Tendría que ocuparse del estatus y del papel de su padre, y debería soportar las consecuencias de sus actos, que hace mucho tiempo que dejaron de ser ejemplares si es que alguna vez lo fueron. No acabo de entender el empeño de tantos monárquicos en el regreso del Emérito. Es lo peor que podría pasarle a la institución.

Esta columna de Garea me parece de lo mejor que he leído sobre el asunto.

‘Diarios’ de Chirbes

Los críticos de Babelia eligieron los Diarios de Chirbes el libro del año y me parece una decisión acertadísima. Es un ejercicio descarnado de sinceridad, honestidad e introspección. Hay pasajes que abruman sobre su vida, su sexualidad, su proceso de creación en la escritura, su vínculo con la restauración -fue crítico gastronómico durante muchos años-, su relación con la ciudad y el paisaje rural, sus opiniones sobre la política y el periodismo, sus crisis de salud mental, y su análisis demoledor sobre el albañal de la corrupción en València.

Estas páginas recogen el pensamiento de Chirbes, un pedazo de novelista que no necesitó ni del almíbar del poder, ni de las redes sociales, ni de la fatuidad corporativista de su gremio para llegar a los lectores. Yo creo que Chirbes es el autor más original, lúcido y contundente de su generación. Estos diarios a veces te dejan sin aliento, en otras te despiertan una sonrisa, y en todo caso subyugan por su belleza literaria. Y la belleza, decía Heidegger, es un aspecto de la verdad.