Artículos en El Decano

16 diciembre 2010

SOMOS EL TIEMPO QUE NOS QUEDA

Inés Fernández-Ordóñez

"No alcancé a comprender cómo una filóloga de su talla decidía desperdiciar la oportunidad de acercarse a una de las provincias en las que basa sus investigaciones sobre la dialectología rural"
El Decano de Guadalajara, 10.12.10
Raúl Conde

La filóloga Inés Fernández-Ordóñez se convirtió en diciembre de 2008 en la cuarta mujer académica de la Lengua, junto a la escritora Ana María Matute, la historiadora Carmen Iglesias y la científica Margarita Salas. Tenía entonces 47 años y fue la miembro más joven de la RAE. Su candidatura fue presentada para cubrir la vacante del gran poeta Ángel González, el sillón ‘p’. Fernández-Ordóñez (Madrid, 1961) es catedrática de la Lengua Española en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid. Como especialista en dialectología de las zonas rurales, ha recorrido gran parte de España para compilar el Corpus Oral y Sonoro del Español Rural desde 1990. Además, es autora de varios libros sobre Alfonso X ‘El Sabio’ y de un estudio sobre las lenguas y dialectos en la Edad Media.

Perdón por el exordio, pero podría pensarse, a juzgar por su currículo y su vinculación con el lenguaje, que esta señora debería ser una especialista en la comunicación. Alguien familiarizado con ella. Alguien a quien no deberían sorprender demasiadas preguntas ni tampoco el hecho mismo de que se las hagan. Sin embargo, me temo que no es así. Y me explico.

El 31 de marzo de 2009, la insigne académica concedió una entrevista al diario La Rioja, del grupo Vocento, tras una visita a Logroño para dictar una conferencia. Puede consultarla cualquiera porque sigue publicada en internet. Me llamó la atención el titular destacado: «En Soria y Guadalajara se habla un buen castellano». Me interesé por el resto de la pieza en la que desarrollaba su teoría sobre el habla del mejor castellano: «Es curioso cómo surgen estos tópicos. También se decía que Toledo era el lugar de referencia en el uso de la lengua. Hoy en día, si tenemos que fijar la variedad lingüística que más se aproxima al español estándar, al de la cultura escrita, no está en Valladolid, sino en una zona centroriental. Sería el español hablado en Soria o Guadalajara, lugares cuya variedad local, vernácula, se parece más al modelo estándar».

Con el fin de acercar un poquito más estos conocimientos a la gente de nuestra provincia, pensé que sería buena idea hacerle una entrevista a esta señora. La llamé a la Universidad, a su despacho, pero me dijo que no podía quedar en persona ni tampoco atenderme por teléfono. Adujo que estaba muy ocupada, pero imaginé que EL DECANO se le quedaba pequeño a tan alta institución de la lingüística. Le ofrecí la última posibilidad, la que no me gusta, a la que casi nunca recurro: enviar un cuestionario por internet para que lo devolviera contestado. Lo hizo. Y rápido. Lo que ocurre -siento decirlo- es que sus respuestas alumbran lo mismo que un candil enmedio de la Castellana. No por su categoría intelectual, que sin duda la tiene y a raudales, sino por su brevedad y concisión extremas.

Me sorprendieron sus palabras raquíticas, escuálidas. Decidí no publicar la entrevista y ni siquiera se la propuse a la jefa de esta revista por falta de interés. Y no alcancé a comprender cómo una filóloga de su talla decidía desperdiciar la oportunidad de acercarse a una de las provincias en las que basa sus investigaciones sobre la dialectología rural. No entiendo cómo una persona centrada en este terreno desdeña la importancia que tiene que todo lo estudiado a fondo se acabe trasladando al público en general, y no sólo a una pléyade reducida de especialistas. Supongo que se debe al descrédito de la prensa y a la pérdida de influencia en la sociedad, sobre todo, en una determinada élite. O quizá fueron mis preguntas, puede que demasiado torpes o simples. En caso contrario, no concibo que una especialista en comunicación rechace profundizar mediante un acto comunicativo en sus propias indagaciones en este mismo terreno. Es un absurdo. Una paradoja inexplicable.

Pese a ello, en el cuestionario que le remití, me interesé por si había desarrollado algún trabajo de campo en Guadalajara. No me contestó: dejó la cuestión vacía. También le pregunté en qué medida puede afectar la despoblación y la pérdida de la cultura rural al lenguaje, y soltó una respuesta lacónica: «en la misma medida que a la cultura rural». Fernández-Ordóñez, eso sí, aseguró que no cree que en Guadalajara o Soria se hable el castellano perfecto: «según los aspectos considerados, son unas zonas u otras las que se parecen más a la lengua estándar, lo que además no significa que esas variedades sean «más perfectas» sino más prestigiosas». A su juicio, el español de Guadalajara se enmarca en la variedad española oriental, con rasgos comunes con La Rioja, Soria, Cuenca y Albacete, aunque matizó que el lenguaje urbano está invadiendo el habla rural a través de la educación y los medios. Por último, le pedí que detallara sus trabajos de investigación de los dialectos rurales en Guadalajara y se limitó a precisar que hace años realizó entrevistas en Guadalajara con el objetivo de «delimitar la frontera lingüística de los usos conocidos como leísmo, laísmo y loísmo». Y nada más. Hasta ahí llegó el intercambio de oraciones. Tan estéril. Tan fútil. El caso, ciertamente, me hizo recordar uno de mis aforismos predilectos de Gracián: aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Ay, la humildad.

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