Periodistas

16 octubre 2006

MIGUEL DELIBES

El valor de Delibes

Vocento ha querido honrarse premiando a Miguel Delibes, el último mohicano de una literatura hecha a la medida del hombre, desbordante de austero humanismo, ensimismada en la contemplación de las grandezas y mezquindades humanas.
16.10.06

ABC
16.10.06

El valor de Delibes
Por Juan Manuel de Prada

POCAS veces se puede acertar tanto en la concesión de un premio. Vocento ha querido honrarse premiando a Miguel Delibes, el último mohicano de una literatura hecha a la medida del hombre, desbordante de austero humanismo, ensimismada en la contemplación de las grandezas y mezquindades humanas. A Delibes se le puede premiar por muchas razones; quizá la más merecida de todas sea la de ser un hombre que, a través de la escritura, ha contribuido a salvar lo que queda de humano dentro de nosotros. Para un escritor criado en Castilla como yo, pueden imaginarse que Delibes ha sido, desde los albores de mi formación, una luz señera, inspiradora y próvida, inagotablemente próvida. Creo que Delibes fue el primer escritor vivo que leí; todavía en mi biblioteca se alinean aquellos modestos volúmenes de Destino, en edición de bolsillo, donde Delibes fue publicando, con impertérrita lealtad, casi toda su obra. Enseguida descubrí en Delibes una virtud que por entonces (hablo de mi adolescencia envenenada de literatura) ya era difícil encontrar en un escritor vivo; una virtud que, en estos últimos años, ha acabado muriendo por inanición: la capacidad para construir personajes habitados de pasiones elementales, netas como el pan o el vino, ferozmente humanas; pasiones que a veces eran trémulas y apenas susurradas y a veces asomaban enardecidas, sobre el telón de fondo del paisaje castellano, al que Delibes también ha guardado siempre una impertérrita, o más bien alborozada, lealtad. Los personajes de Delibes aman sin displicencia, son abnegados y sufridos, miran el mundo con una perplejidad del tamaño del universo, a veces también son taimados y crueles, a veces tienen algo de alimaña entreverado en las costuras del alma; pero, por encima de cualquier otra consideración, son personajes con alma, personajes que sienten y callan pudorosamente sus sentimientos, personajes traspasados de trascendencia, personajes henchidos de espíritu. Personajes, coño, personajes.

También son, con frecuencia, seres ateridos, inermes, expuestos a la orfandad, al abuso, a la pujanza de pasiones oscuras. Delibes, que nunca juzga a sus criaturas, tiene una cualidad distintiva que le permite ensimismarse samaritanamente en su dolor, para comprenderlas desde dentro, con sus lacras y sus claudicaciones, hasta el extremo de que al final el lector acaba identificándose con ellas, se produce esa «concordia» (dos corazones latiendo al unísono) que es el signo distintivo de la verdadera literatura, la que nos emociona y enaltece. Delibes es el más cabal de nuestros humanistas cristianos; hombre de fe, sus páginas siempre están hilvanadas con un hilo de hermosa e invicta caridad: caridad hacia las debilidades de sus criaturas, caridad para redimir siempre al hombre, aun cuando parezca que su brutalidad lo conduce a la sima de los atavismos o hacia la sima aún más destructiva de un progreso deshumanizado. En Delibes también comprobamos la veracidad de aquella sentencia que identifica el estilo con el hombre: si al hombre lo imaginamos sobrio, huidizo de los halagos, sin recámara ni doblez, es sobre todo porque hemos llegado a dilucidarlo a través de su estilo. No es cierto, como a veces el propio Delibes ha dicho modestamente, que escriba como habla: pero su escritura nos procura ese encantamiento de la naturalidad, esa fuerza de convicción que sólo poseen las palabras cuando brotan de manantiales de agua limpia, cuando aspiran a condensar la escueta y ardua verdad. Delibes, a quien debemos la supervivencia literaria de un lenguaje ya extinto, el lenguaje ancestral y riquísimo de los pueblos de Castilla, es un escritor que a través de la palabra ha sabido cincelar los recovecos del alma humana.

Con frecuencia felicitamos al ganador de un premio por su consecución. Creo que en esta ocasión debemos felicitar a Vocento por haber premiado a este raro ejemplar de escritor y de hombre, maestro humanísimo y cordial, mi maestro desde la adolescencia. Enhorabuena por la elección.