La Garlopa Diaria

13 enero 2014

Josep Pla en Madrid (y en Sigüenza)

Henares al día, 07.01.2014

La posición de Josep Pla ante el gran público aún es discreta. En comparación con algunos de sus coetáneos, es posible que el escritor ampurdanés no descanse aún en el lugar que se merece en la literatura castellana y en la catalana. Quizá por ello las nuevas ediciones de sus obras merecen ser destacadas con todo el destello de su prosa lisérgica.

El escritor pasó dos largas temporadas en Madrid. La primera de ellas como corresponsal en 1921. Fruto de esta andadura es el volumen que Libros del KO tuvo el acierto de recuperar en una edición cómoda de leer. El dietario de Pla en la capital constituye un formidable ejemplo de escritura realista e impresionista y un gustazo para el lector que aprecie los textos bien esculpidos.

Pla llega a Madrid sin anteojeras, aunque con algún prejuicio. Sostiene: “Madrid es una corte. Una corte se compone de dos cosas: primero están los de arriba, y después, a su alrededor, el público curioso”. Confiesa su admiración por esta ciudad y rechaza paralelismos: “he podido asistir a diversas discusiones y comparaciones apasionadas entre Barcelona y Madrid, pero lo que no he llegado nunca a comprender es lo que busca la gente discutiendo de estas cosas. Nada más absurdo, en efecto, que comparar dos grandes ciudades con el propósito de extraer alguna consecuencia. Todas las ciudades, en nuestra época, tienden a asemejarse”.

La ciudad que se encuentra Pla en 1921 es un híbrido entre el poblachón manchego que elogió Azorín y la urbe de un millón de cadáveres que desdeñó Dámaso Alonso. Pla es un hombre de campo (“siento que la vida del pueblo me acerca a la realidad”), pero no desaprovecha las oportunidades urbanas. El escritor retrata el ambiente callejero y periodístico, y analiza la mediocridad rampante de un sistema político que hacía agua. A su juicio, “este país está organizado sobre la base de una monarquía constitucional y parlamentaria. Pero no hay ningún partido digno de ser tomado en consideración. ¿Cómo es posible mantener una monarquía parlamentaria sin partidos fuertes?”. Una sentencia, tal vez, que conserva toda su vigencia en nuestros días.

Pla pasea por todos los rincones, desde el Retiro y las zonas nobles del barrio de Salamanca hasta los suburbios del sur y de Vallecas. Frecuenta las tertulias del café Fornos, entrevista a políticos y lacayos de la monarquía, almuerza cocidos y visita a talentos como Gómez de la Serna o Unamuno. El autor catalán pinta un Madrid extraordinariamente rico en matices y consideraciones que permiten al lector descubrir cómo era aquella ciudad, y aquel país, durante el primer cuarto del siglo XX.

El ejercicio de Pla, en todo caso, no solo es descriptivo, que ya de por sí tiene un valor incalculable puesto que, como él mismo dijo, en periodismo es mucho más difícil describir que opinar. El ejercicio de Pla es poner en relación el paisaje que escudriña con el momento político y los acontecimientos históricos que entonces vivía España. “Cuando la política no marcha –como casi siempre ocurre-, todo termina en la discusión de la carn d’olla catalana y el cocido castellano. Y así los años van pasando, perdidos, inútiles, desperdiciados”.

El libro es una joya magnífica, un festín de buenas letras en el que se incluyen algunos capítulos con el relato de excursiones a Salamanca, Ávila y Segovia. Para Pla, “el paisaje de Castilla no es nunca fogoso ni brillante, es un paisaje severo, que tiene, sin embargo, una claridad de diamante. Es un paisaje fino, delicadísimo. Ved los trigos que ya asoman, las tonalidades de verdes…”. El autor no se entusiasma con la ñoñería de la épica castellana, la vieja friendo huevos, los trazos de Zuloaga. Pero sí recalca el pasado imperial de esta tierra y la belleza de un paisaje inabarcable.

Sigüenza protagoniza una de sus salidas durante el tiempo que permaneció en Madrid en 1921. El epígrafe lo titula Retorno. Sigüenza, y se debe a que, en el viaje de vuelta desde la capital hasta Barcelona, Pla se detiene en la estación seguntina y se baja a visitar la ciudad. Escribe: “En Sigüenza hay obispo, una enorme catedral, muchos conventos, dos o tres familias nobles, que viven en Madrid, y una pobretería sin esperanza que va tirando del aire del cielo y del agua clara. Los hombres han resuelto el problema de mantener caliente el estómago rodeándose el vientre con amplia faja”.

En la Ciudad del Doncel, el autor asiste a un espectáculo “de bailarinas de tres al cuarto de Madrid” que al final se suspende por la explosión de una tagarnina. Anota que los lugareños “berrean” en lugar de hablar y constata la soledad nocturna. “A las diez, por las calles de Sigüenza no hay ni un alma. Las campanas de las iglesias y los conventos tocan las horas de un modo cansino”. Al día siguiente, ya instalado en Calella de Palafrugell, sentencia: “en los pueblecitos hay una manera de convivir con la gente más tolerable que en las grandes ciudades”.

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Madrid, 1921. Un dietario
Josep Pla
Libros del KO, 2012
270 págs.

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