Entrevistas

18 febrero 2008

EMILIO DE DIEGO, HISTORIADOR

«La Guerra de la Independencia fue nuestra guerra nacional por excelencia”

El prestigioso historiador Emilio de Diego, que pronunció el miércoles una conferencia en el centro de Ibercaja, publica un libro en el que analiza la sublevación española frente al ejército napoleónico
Se trata de uno de los mayores expertos en la Guerra de la Independencia. El miércoles se acercó hasta el centro cultural de Ibercaja, en Guadalajara, para ofrecer una conferencia sobre las claves de este episodio histórico, del que ahora se cumple su bicentenario. Emilio de Diego (Fuente el Olmo de Íscar, Segovia, 1947) es doctor en Geografía e Historia y en Derecho, profesor de Historia en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia de la Historia. En enero ha publicado un libro interesante, riguroso y puntual: "España, el infierno de Napoleón" (La Esfera de los Libros, 592 páginas).
Nueva Alcarria, 17.02.08
Raúl Conde

¿Cuáles son las claves de la Guerra de la Independencia?
Son múltiples, tanto estrictamente militares, como de otro tipo. Al margen de lo directamente implicado en el plano militar, hay otro elementos decisivos, como la financiación de la guerra, los errores y las circunstancias de índole política que llevan a la guerra y, finalmente, el impacto de esa misma guerra y como se va interalimentando el conflicto a medida que una serie de factores entran en relación. Sobre todo, la circunstancia de que esa guerra está dentro de otra guerra en la península y las guerras napoleónicas.

¿Por qué sostiene que la Guerra de la Independencia constituye “el hecho fundente y fundante de la España contemporánea”?
Muy sencillo. Porque, como digo en ese libro, a partir de 1808 se construye un nuevo entramado de poder, desde la teoría del origen hasta la plasmación institucional. Esto culmina en las Cortes de Cádiz con el Estado unitario, centralista y liberal, que encana la trilogía del liberalismo: Estado, Patria, Nación, que se alarga durante siglo y media, y que hoy aún mantenemos a pesar de que la articulación del Estado desde la Constitución de 1978 ya no tiene nada que ver en su aspecto de articulación territorial con el proceso anterior. Es el hecho fundente y fundante desde un punto de vista institucional, pero además lo es porque pasamos del reino anterior a un Estado unitario. Los rasgos de la contemporaneidad son estos. Es el hecho fundente porque todas las regiones españolas se unen para que la lucha contra Napoleón sea eficaz y político porque conduce a Cádiz.

¿La contienda antinapoleónica fue nuestra guerra nacional por excelencia?
Sin la menor duda. Lo que pasa es que el desconocimiento que tenemos de nuestra historia es verdaderamente llamativo y grave. Todos los países del Occidente europeo importantes han tenido su guerra nacional, y España claro que la ha tenido, y es la Guerra de la Independencia. Así se reconoce durante décadas y décadas donde las alusiones, tanto en la política como en la literatura, son permanentes. El Dos de Mayo fue fiesta nacional durante décadas. Todo lo que se invocaba en nombre de la identificación española por la independencia y la libertad, más allá de que se hiciera con tintes de exaltación romántica, tenía una base evidente.

La Guerra de la Independencia cimentó la trilogía conceptual, institucional y sentimental del liberalismo político: Nación, Estado, Patria. ¿Eso es un mito o responde a la realidad?
Si seguimos haciendo una presión del presente sobre el pasado para adaptarlo a nuestros intereses, con desprecio absoluto de lo acaecido, influirá en la visión que tengamos de la Guerra de la Independencia. Para la historiografía que medianamente merezca tal nombre, es el pasado el que presiona sobre el presente. El pasado es un tiempo en expansión constante, mientras que el presente es fugaz. Esa manipulación del pasado no deja de ser un ejercicio intelectualmente obsceno y deleznable, a pesar de que pueda tener una rentabilidad próxima. De todas formas, los debates que invocan la historia como justificación del presente arrancan de una distorsión del lenguaje y de un vaciado de los conceptos, y de un relativismo total. Nos enzarzamos en debates vacíos. Hay que empezar por saber qué es la Nación, qué es el Estado y qué es la Patria.

¿De 1808 a 1814 los españoles lucharon por patriotismo?
Sin duda ninguna, pero no entendamos el patriotismo como algo etéreo. Tiene unos elementos de referencia materiales, de índole tradicional, del ámbito de la cultura, de la fe. Si a usted los franceses les somete a un expolio permanente, usted acaba rebelándose contra ello. Y si le predica la libertad y la independencia, pero con la punta de la bayoneta, probablemente, usted va a reaccionar en contra de ello. Eso es lo que nos hace comprensible lo que ocurrió, sin falsas evocaciones que retraigan al presente. La Guerra de la Independencia sirve para entender como una construcción supranacional sólo es viable cuando hay unos elementos de consenso, de acuerdo y un mensaje común. El proyecto napoleónico fracasa porque es un proyecto impuesto.

¿A Napoleón le derrotaron los españoles o las fuerzas militares de angloportuguesas?
Le derrotaron fundamentalmente los españoles, que fueron capaces de propiciar la intervención de los ingleses. Hasta 1808 no puede desembarcar en la península y tomar como aliados a los españoles, antiguos y tradicionales enemigos, y crear un frente común que deja a Napoleón con la pérdida de dominio y del espacio que había tenido hasta entonces. Segundo, los españoles son los que mantuvieron la guerra durante seis años, más allá de las innumerables derrotas que sufrimos. Y tercero, esto no significa en modo alguno despreciar la importancia de la intervención angloportuguesa, tanto en el campo de batalla como en todos los órdenes de ayuda.

¿Cuáles fueron los principales errores del Emperador?
Fueron muchos. Cuando digo que cometió errores me refiero a equivocaciones que suponen contradicción con sus propios planteamientos. Por ejemplo, en 1794 en un informe había dicho que en España no se debería guerrear nunca con Francia y optaba por Alemania y los espacios abiertos del este. Pues bien, a partir de 1807 lo que hace es olvidarse de esto. Además, probablemente, no esperaba que en España hubiera guerra. Esperaba algún tipo de insurrección, como el Dos de Mayo, que hubiera aplastado. Él había desarticulado el aparato político e institucional con su hermano José, al que había nombrado rey de España. No se esperaba la guerra porque además el ejército español estaba bastante desintegrado. Midió mal los tiempos y los espacios, las dimensiones de su ejército. También cometió el error de abrir dos frentes a la vez, lo que le obligó a desplazar tropas en distancias de más de 2.000 kilómetros quedando en inferioridad en los dos frentes.

¿A Napoleón le sorprendió también el espíritu un tanto anárquico de nuestro ejército en contra de su racionalismo militar?
Sí, es cierto. El tipo de guerra cambió, hasta entonces se hacían entre ejércitos de dos Coronas, no de naciones. En Europa, los ejércitos se enfrentaban entre sí y la victoria de uno inmediatamente llevaba aparejado la rendición del otro. No había más posibilidades ni fuerzas. Eso en España no puede pasar, hasta septiembre de 1808 no había un Gobierno centrado, sino Juntas locales que preparan sus fuerzas, como en Bailén. Los franceses desarticularon el ejército español. Sin embargo, se mantuvo la tensión. El espíritu de resistencia fue el que dio la victoria.

¿Cómo fue, militarmente, la contienda?
Fue tremendamente heterogéneo. De antiguo y tradicional, tiene el enfrentamiento de los ejércitos regulares. De novedoso tiene la dimensión extraordinaria de la guerrilla, el desarrollo de una propaganda como se había conocido nunca, la amalgama de una serie de elementos que normalmente no tenían en conflictos anteriores, el carácter de guerra total en la población civil con unos niveles que tampoco eran habituales. En la España de 1808 hubo que construir sobre la base de un ejército antiguo un ejército nuevo.

¿Le mereció la pena a España la Guerra de la Independencia teniendo en cuenta que luego vino un rey como Fernando VII?
Eso sería en una historia contra-factual porque, como no lo sabemos, podemos hacer un tipo de juego más o menos intelectual que no tiene mayor valor como historia. Ahora, arriesgándome en eso de la opinión. Si nos atenemos al plano espiritual y de afirmar una nación independiente, creo que le mereció la pena. Si nos asomamos al plano material, fue un costo enorme, la mayor pérdida proporcional de vidas humanas que hayamos tenido un conflicto armado en la etapa contemporánea. Políticamente, en clave liberal, fue positivo. Hay también una dimensión cultural, a la imagen que de nosotros y de nosotros mismos con respecto a esos antepasados hemos tenido en siglo y medio.

¿Está de acuerdo con Pérez-Reverte que afirma que el Dos de Mayo “fue una auténtica Intifada”?
Pérez-Reverte se ha metido un berenjenal consistente en copiar al pie de la letra a Juan Pérez de Guzmán y Gallo, que publicó un extensísimo trabajo sobre el Dos de Mayo, que sigue al pie de la letra. No añade mucho. Y luego, un cierto populismo multiuso, confuso y difuso que no sé por qué le ha dado la veta en este momento. El Dos de Mayo se viene a producir por una mezcla de situaciones incontroladas, de conspiraciones previas que no se acaban diluyendo. Los residuos de esa trama conspiratoria es lo que estalla en una sublevación como el Dos de Mayo. El verdadero significado del Dos de Mayo, eso lo aprecia el historiador pero no el literato, significa el paso de la conflictividad de índole particular a una insurrección de carácter nacional. Ya en Madrid el Dos de Mayo empieza a hablarse de independencia o de patria. Cuando gritan “muera el francés” no lo hacen sólo por la cabra o por la oveja, sino invocando otros valores. Ese es el salto clave. Ese es el significado clave del Dos de Mayo, que se extiende por toda España y es el fermento de la guerra.

¿Qué lecciones debe extraer el país de aquella guerra?
La lectura tiene que ser positiva. En el siglo XXI, en Europa, la realidad es muy diferente a la de 1808. Esto no significa que tengamos que renunciar a esos elementos significativos de nuestro presente y pasar de ellos como si no hubieran existido o aplicándole un disolvente. Lo que hay que hacer es leer algún texto que sea riguroso. Al lector le va a costar el mismo dinero informarse bien que mal. Hay que seleccionar. Luego saber apreciar el sacrificio de aquellas gentes en aras de un proyecto político que está basado en una cosmovisión romántica opuesta al racionalismo de la Ilustración que ofrecía Napoleón.