La Garlopa Diaria

26 febrero 2009

Tierra de Guadalajara

Este mediodía se ha presentado en el hotel Intercontinental, en Madrid, los dos volúmenes de la obra «La Tierra de Guadalajara», editada por la Diputación de Guadalajara a través de la editorial Mediterráneo. Ha sido un acto en el que han participado Mª Antonia Pérez León, presidenta de la Diputación; Antonio Herrera Casado, cronista provincial; Marisol Herrero, consejera de Cultura, Turismo y Artesanía de Castilla-La Mancha; y servidor.

Este es el texto de mi intervención:

El Arcipreste de Hita, Pérez Galdós, Ortega y Gasset, Pío Baroja, León Felipe, Unamuno, Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Camilo José Cela, José Luis Sampedro, Andrés Berlanga o Manu Leguineche.

¿Qué tienen en común? ¿Qué les une, además de la letra impresa? Que son literatos de primera, vinculados directa o indirectamente a Guadalajara, que quedaron prendidos de la hermosura de la provincia. No sé qué tendrá esta tierra que, al cabo de los siglos, ha conseguido atraer a un notable número de gentes de las letras y de otras disciplinas que se lanzaron a sus caminos y escribieron sus virtudes. Incluso también sus defectos, pero la propia experiencia ha acabado convirtiéndolo en algo positivo. Me refiero, por ejemplo, al retrato que hace Cela de la Alcarria en el 46: es un país hermoso y florido, donde los niños “mean gloriosamente” y donde se suceden personajes repletos de ternura. Pero también es el retrato de un territorio deprimido, atrasado, envejecido. Pues bien, esta disección, contemplada con la distancia de más de medio siglo, produce un alto grado de comprensión y, sobre todo, de afecto.

Guadalajara es una tierra propicia para los escritores. Pepe Serrano Belinchón, que escribe varios textos de la colección que hoy presentamos, tiene publicado un libro delicioso, Guadalajara en la literatura, cuyo subtítulo me ha parecido siempre una verdad como un templo: “Guadalajara, una tierra para las buenas letras”. Una tierra fértil, fecunda, no sólo en espárragos o miel. También en extraordinarias piezas literarias, y periodísticas, que han retratado la provincia tal como es o siendo parte de una ficción que aún ahora sigue vigente. ¿Quién no recuerda las conversaciones de la pandilla de jóvenes que protagoniza El Jarama de Sánchez Ferlosio? ¿O quién es capaz de no acordarse del retrato de Ortega de “las tierras pobres de Guadalajara”?

Hay dos factores clave que podrían explicar la atracción de Guadalajara a tantos escritores a lo largo de la historia. La primera es su materia prima. Esta es una tierra plagada de monumentos, de historia, de arte, de patrimonio, de paisajes espectaculares y de gentes que siempre tienen algo que decir, y además lo dicen con sencillez y sabiduría.

La segunda razón podría ser su cercanía a Madrid, tema muy manido, ciertamente, pero no por ello menos cierto. Estamos al lado de Madrid, y esto tiene sus consecuencias negativas, qué duda cabe. Pero suelen pesar más las positivas. Una de ellas ha sido la facilidad para atraer personajes ilustres que, de otra manera, quizá nunca hubieran pisado nuestra tierra. Ha sido una constante histórica, y sigue repitiéndose.

Emilia Pardo Bazán confiesa que se escapó hasta Sigüenza una Semana Santa porque, sencillamente, el tren la dejaba cerca. Y estaba a un paso. Como ahora. Sólo que en, aquel momento, quizá la Pardo Bazán tuviera más frecuencia de trenes a Sigüenza de los que ahora disponemos. Pero esa es otra historia.

El caso es que Guadalajara no se puede entender sin la aportación creadora de cuantos han escrito sobre ella. Buero Vallejo es la figura clave de la dramaturgia de posguerra. Fue un freno a los límites de la época desde las tripas mismas de la época. Luego vinieron Cela y Sampedro, que forman parte de la mitología provincial. Imposible construir la Alcarria sin el trazo de la disección celiana. Imposible concebir el Alto Tajo y la Alcarria Alta sin las evocaciones del gran economista.

Y, acaso fruto de esta capacidad literaria, quizá contagiado por este pasado, la provincia de Guadalajara puede exhibir satisfecha una producción bibliográfica potente, cuantiosa y de calidad. Los índices de lectura en la provincia no invitan al optimismo precisamente. Igual que en el resto del país. Azaña llegó a escribir: “En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”. Leemos poco y, casi seguro, mal. Pero se editan muchos libros. Y se venden. El editor de Anagrama, Jorge Herralde, decía recientemente en la prensa que la industria cultural del libro aún no se ha resentido de la crisis. O no se ha resentido demasiado. Guadalajara es un ejemplo paradigmático de esta tendencia. Y eso, de por sí, ya es una excelente noticia. 

Algunos amigos míos introducidos en la cultura de provincias limítrofes, de Madrid, de Soria, de Segovia, de Cuenca, se quedan admirados por la cantidad de libros de temática guadalajareña que salen a la luz en la provincia. Este es un éxito indiscutible de Guadalajara. Se debe, sobre todo, a la gente que compra libros y a la gente que los edita, sean administraciones públicas o empresas privadas. En este sentido creo que podemos sentirnos razonablemente orgullosos. Quedan muy pocos pueblos en la provincia que no dispongan de algún libro o publicación que aborde aquello que lo convierte en singular: una historia local, un castillo, una iglesia románica, una botarga, unos danzantes o una receta de cocina. Es un “rara avis” en comparación con otros territorios cercanos. Y es una excepción que honra a Guadalajara porque significa que la palpitación cultural, la preocupación por las cosas que nos tocan de cerca, permanece intacta. También pone en evidencia el compromiso de las gentes de Guadalajara con su propia tierra.

Una parte importante de los libros que se publican en Guadalajara de temática provincial son obras de autores que antaño se consideraban cronistas locales. Gente que escribe por vocación, por placer, pero con rigor, de su pueblo o de sus tradiciones. En cambio, otros volúmenes corresponden a especialistas de diferentes disciplinas, sobre todo la historia y el arte, que ponen su conocimiento al servicio de sus orígenes.  

En este contexto se enmarca la colección “Tierra de Guadalajara” que presentamos en este acto. Es una obra magna. Un deleite. Un lujo editorial. Una obra para leer, disfrutar y guardar. Pero también una obra para regalar y para exhibir como parte de las virtudes que adornan a nuestra patria chica. No insistiré en sus objetivos generales, que ya ha contado Antonio. Recalcaré la calidad formal de los dos volúmenes. El diseño y el formato acompañan a lucir uno de sus hallazgos principales: las fotografías. Recomiendo a todos regodearse delante de las magníficas imágenes que aparecen en sus páginas. Paco Gracia, Juan José Pascual y el resto de profesionales que han participado en este proyecto han sabido captar la esencia de aquello que tenían delante de sus ojos: los paisajes, los pueblos, los detalles minúsculos en apariencia y grandiosos en su fondo.

El segundo volumen de “La tierra de Guadalajara” contiene seis textos sobre La Alcarria, la Comarca de Zorita, los Pueblos Negros, el Barranco del Río Dulce, el Río Gallo y el Valle del Mesa. Están escritos por Antonio Herrera, Serrano Belinchón, Carlos Sanz, Teodoro Alonso y un servidor. Me dejo aparte. Quiero descubrirme ante el trabajo de los compañeros. Todos ellos son perfectos conocedores de los sitios que retratan y las veredas que pisan. Son especialistas en Guadalajara. Viven su tierra y la sienten hasta los tuétanos. Y se nota. Se palpa en sus palabras y en la descripción precisa de todo lo que ven.

Antonio profundiza en la comarca de Zorita, presidida por la silueta de su castillo calatravo. Serrano Belinchón aborda el barranco del Dulce, declarado Parque Natural en 2003 por la Junta de Castilla-La Mancha. Carlos recorre el río Gallo, en su querida tierra molinesa. Y Teodoro Alonso da cuenta con profusión del valle del Mesa, que tampoco le es ajeno. Sus textos combinan el conocimiento de los lugares de los que dan noticia con un relato bien armado, escrito con agilidad. Yendo al grano, sin alardes retóricos innecesarios. El lector avezado profundizará en estos parajes. Y el lector que se acerca por primera vez podrá iniciarse de forma clara y directa.

Los parajes que se narran en este segundo volumen son algunos de los lugares más hermosos y característicos de Guadalajara. Forman parte de sus raíces, de su ADN. La Alcarria es la comarca que identifica a Guadalajara. Zorita está en el sustrato de nuestra historia pasada. Los Pueblos Negros, que son la Arquitectura Negra, conforman uno de los destinos más recónditos y deseados de la provincia. Pueblos negros, qué contraste, en un entorno que rebosa luz. El Dulce, como en el título de Luis Cernuda, empezó a siendo un deseo en la época del amigo Félix y ahora ya es toda una realidad. El río Gallo es la arteria vital de los más de 4.000 kilómetros cuadrados que se extienden en el Señorío de Molina. Y el valle del Mesa, en pleno corazón del sistema Ibérico, discurre por los linderos de la geografía de Castilla y Aragón. 

Para los que nos dedicamos al oficio de periodista, una sentencia que ya tenemos asumida plenamente es aquella que dice: “la abundancia de información genera desinformación”. Esto quiere decir que tener acceso a un caudal mayor de noticias no implica necesariamente estar mejor informado. Estar más informado no es sinónimo de estar mejor informado. La máxima atañe al periodismo, pero podría extrapolarse a otros campos como la cultura o el turismo. Vivimos unos tiempos donde predomina el ruido informativo, en todas las áreas. No sólo en política o en economía.

Para distinguir el mensaje que quiere transmitir Guadalajara, el mensaje cultural, turístico, es necesario apuntar fino y trabajar en proyectos de calidad. Pues bien, creo que los libros que hoy se ponen de largo contribuyen a este objetivo. El hecho de estar aquí, en un hotel del centro de la capital de España, tan lejos y tan cerca de Guadalajara, ya es una contribución loable.

Los libros de la tierra de Guadalajara recrean todo lo que la provincia guarda en sus entrañas, que es mucho. Y demuestra que no hace falta inventar nada ni sugerir estridencias. Basta con acercarse a ese país al que ya le va dando la gana de ir a la gente. Basta con fijar la vista y volcar nuestra atención, negro sobre blanco, en la tierra que nos une.

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Fuente: JCCM - Paloma Mora

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